Con esta secuela, Fictiorama demuestra que lo del juego original no era suerte del principiante ni la gracia de la novedad, sino que había una sustancia detrás que vuelve a estar presente en esta segunda parte, que se coloca en el futuro para hablar sobre un presente sobre el que a menudo parece que sea imposible —porque también en nuestra época se encuentran los mayores avances científicos y tecnológicos con la superstición, la injusticia y la oscuridad más groseras y paralizantes— hablar de otra forma.
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