Hay repartos que son simples entregas sin más y repartos que te cambian la tarde. A Pizza Delivery empieza como lo primero y acaba siendo lo segundo. Estaremos en la piel de “B”, una repartidora de pizzas común que solo quiere acabar su monótona jornada y volver a casa… hasta que todo empieza a tornarse onírico mientras viajamos entre espacios liminales.
Lo que parecía un reparto ordinario se convierte en un viaje introspectivo por una no-realidad llena de carreteras infinitas, sitios imposibles y gente con penas por contar.
Espacios liminales y silencios inquietantes
El juego lo deja claro desde el primer minuto: este mundo no es el que conocemos. Todo es mucho más extraño, los silencios se tornan incómodos y siempre flota esa sensación de que algo no encaja. Vamos a tener que ir de un punto a otro, ya sea en nuestra vespa o a pie, mientras resolvemos algunos puzzles que nos permitan avanzar, pero siempre en un escenario que cambia y se trasforman.
Lo que antes era un prado se convierte en una ciudad o en un mar infinito. Esa fluidez e incertidumbre hace que nunca te sientas del todo cómodo, porque jamás sabes que contratarás tras la siguiente esquina. Y esa desorientación contribuye a que el juego te tenga inquieto, casi desubicado, paso tras paso.

La pizza fría también es pizza
A diferencia de lo que debería ser el trabajo de repartidora, en A Delivery Pizza no hay prisas. Ninguna. Es un juego contemplativo y reflexivo: no hay cronómetros, no puedes morir y es imposible fallar. Los puzles no son complejos ni enrevesados; están ahí para aportar variedad y recordarte que no es solo un paseo introspectivo.
La moto, por otro lado, deja de ser un simple vehículo para convertirse en un medio para perderte cómodamente por el escenario. Y oye, perderse duele menos si puedes ir a velocidad de crucero.
Un sueño de los raros
Los espacios son muy variados, como ya adelantaba antes, y eso a veces juega a favor… y otras en contra. Hay zonas que desprenden magia y quietud, como los prados llenos de hierba, las puestas de sol o, mi favorita, el momento de las vías de tren (preciosa referencia al Viaje de Chihiro). Son espacios que invitan a quedarse ahí, quieto, esperando a que suceda la magia.
Pero en contraposición están la ciudad o la fábrica, que se sienten vacías e impersonales en comparación. Estas zonas recuerdan a esos juegos 3D antiguos donde los assets se colocaban sin demasiado mimo, y rompen un poco la atmosfera del conjunto.
Aun así, el mundo atrae precisamente por esos espacios vacíos, por darte hueco de sobra para pensar mientras la moto avanza sin resistencia.

Compartir pizza, es compartir historias
Este es un juego de reflexión, y ahí está el núcleo de la experiencia. A lo largo del camino nos encontraremos con personajes, aunque pocos, que nos llevarán a un nivel más íntimo de la aventura. Cada uno está atrapado en una espera constante, un pensamiento recurrente o un arrepentimiento que no termina de digerirse.
Puedes hablar con ellos para conocer sus historias, pero para avanzar y desbloquear ese momento, deberás compartir con ellos un trozo de pizza. Es tu trabajo, al fin y al cabo. Y tras compartir, recibes. No dinero, sino un pedacito de esa persona. Y es que al compartir algo tuyo, la pizza, esas personas compartirán parte de sus historias y vulnerabilidades, dando esto pie a que se desbloqueen y avancen.
La pizza no se mojó, pero se acabó quedando fría…
A lo largo de la travesía nos recuerdan varias veces que llevamos pizza y que es interesante compartirla con los demás, aunque se quede fría por el camino. Pero nadie comparte pizza con nosotros. Esa soledad, acompañada por historias de corazones rotos, rutinas que ahogan o refugios que no terminan de consolar, dejan un poso en las personas.
Son momentos dignos de reflexión, ideales para rentabilizar esos trayectos silenciosos. Pero también son fugaces, pinceladas de lo que podrían haber sido. Tu historia se queda en el aire, al igual que la de tu jefe, que parece esconderse entre las llamadas y los lugares por los que pasamos.
Esto funciona si te gustan las experiencias reflexivas y eres de los que buscan un sentido profundo en cada instantánea. Pero puede ser esquivo para aquellos de sensibilidades reducidas como un servidor.

Conclusión y pizza
A Pizza Delivery es un viaje a la patata disfrazado de trabajo de fin de semana. Te hace reflexionar sobre la necesidad de abrirse a los demás y la importancia de compartir para poder avanzar, pero a veces el avance no es siente proporcional a la profundidad y duración de las penurias que escuchas.
No es para nada un mal juego: es breve, cálido y extraño en el mejor sentido. Este tiene detallitos geniales, como las animaciones, que demuestran un mimo extremo por parte de su creador, Eric Osuna. Y el mérito de haber desarrollado algo así, él solo, no es nada nimio.
Un juego diferente, que demuestra que incluso un último reparto puede convertirse en un momento de reflexión. Y que, a veces, lo único que necesitamos es compartir un trocito de pizza para atrevernos a soltar parte de nuestro corazón.
Autor
Sanitario de amplio espectro con más cafés que turnos, diseñador de videojuegos en fase alfa (y en modo pausa), y papá reciente a tiempo completo.
Lo demás, sinceramente, puede esperar.

