Es un juego que se recuerda más por lo que propone que por cómo lo ejecuta, sí, pero lo que propone es lo suficientemente fuerte, lo suficientemente arraigado en una cultura y una tradición que son suyas y de nadie más, como para que la propuesta justifique sobradamente el viaje. Y la sangre. La sangre, que es tuya, que te duele gastarla, que sale de tu cuerpo cada vez que recargas y que baja por el cargador mientras Gabriel aprieta los dientes, y que al final resulta que era lo que necesitabas para seguir adelante, porque en Crisol, como en la penitencia, el sacrificio es el camino y el dolor es la prueba de que estás vivo.