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FICHA DE CRÍTICA

Ninja Gaiden: Ragebound no es un juego perfecto. Quiere que sientas que cada salto tiene el peso que debe, que cada animación está pensada, que cada broma entra en el momento justo. Es un homenaje, sí, pero también es un recordatorio: el pixel-art no es una moda pasajera, es un lenguaje que bien usado tiene toda su escena. Y, como todo buen lenguaje, se adapta, crece y sigue diciendo cosas nuevas.
Cuando lo terminas, lo que te queda no es sólo la satisfacción de vencer a un jefe final o de memorizar un patrón de ataque. Te queda la sensación de haber tocado una forma de hacer videojuegos que ya respiramos cada vez menos. Que no necesita triple A para ser grande. Que no necesita mundo abierto para ser libre ni ser un souls-like para ser adictivo.

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04/09/2025

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