Aunque no tengo ninguna duda de que quienes disfruten con un buen reto encontrarán tremendamente placentero escalar esta montaña de principio a fin. Cada zona y desafío resultan lo suficientemente exigentes para hacernos sudar en cada salto y lanzamiento, apurando cada píxel en caso de ser necesario. Pero también para conseguir gritar de alegría o frustración según el éxito o fracaso de nuestros movimientos. Y esa capacidad de influir en las emociones de quien juega es algo admirable, tanto a los mandos como desde fuera. Sin embargo, por lo que a mí respecta, voy a optar por hacer como en Super Mario 64 y lanzar a esos adorables pingüinos al vacío. Sin rencores.
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