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En el blog de DeVuego cubrimos todo aquello que sobre videojuegos se hace en España, con especial dedicación a los videojuegos españoles y sus creadores.

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Dystopicon – El trabajo del futuro ya está aquí

La ciencia ficción lleva décadas imaginando futuros en los que las máquinas terminan haciendo nuestro trabajo. Dystopicon, desarrollado por el estudio español Palitroque, plantea esa misma idea, pero le da una vuelta de tuerca un tanto inquietante: los robots ya producen todo por nosotros y, para que la economía siga funcionando, nuestra única obligación como ciudadanos es sentarnos frente al televisor y consumir contenido.

Con esa premisa arranca este pequeño título de simulación narrativa y gestión de recursos, una propuesta que mezcla humor negro, crítica social y decisiones con peso suficiente como para hacerte cuestionar más de una vez si realmente estás jugando… o simplemente siguiendo las reglas que el propio sistema quiere que sigas.

Y lo curioso es que funciona y a la vez es adictivo. Sí, chicos, ya sabéis que somos unos adictos al trabajo.

Porque Dystopicon no necesita un mundo gigantesco, cinemáticas espectaculares ni una montaña de mecánicas para captar tu atención. Su mayor virtud está en la idea que sostiene todo el juego. Desde el primer día entiendes perfectamente cómo funciona esta sociedad y, sin darte cuenta, empiezas a aceptar unas normas que hace apenas unos minutos te parecían completamente ridículas.

Ahí fue donde el juego me hizo clic.

Una rutina que acaba siendo incómodamente normal

Lo que haces durante la partida es relativamente sencillo. Cada jornada debes administrar tu tiempo y tu dinero mientras cubres necesidades básicas como comer, dormir o ir al baño. Todo cuesta dinero. Absolutamente todo. Y para conseguirlo solo hay una forma: seguir viendo la televisión y consumir los contenidos que el propio sistema pone delante de ti.

Puede sonar repetitivo sobre el papel, pero esa monotonía está buscada. La rutina no existe para aburrirte, sino para hacerte sentir cómodo dentro de un modelo que, si lo piensas dos veces, resulta profundamente inquietante.

Y creo que ahí está el mayor acierto del juego. No intenta darte un discurso constantemente sobre cómo aprietan a la sociedad hasta hacerla esclava y sumisa. Te deja vivirlo.

Cuando la mejor mecánica es la idea

Hay muchos juegos que utilizan la gestión de recursos como un reto. Aquí, en cambio, la gestión es una excusa para contarte algo.

Cada día se convierte en una pequeña rutina: ganar dinero viendo la televisión, pagar para cubrir tus necesidades básicas, cazar alguna que otra rata y volver a empezar. No hay grandes giros jugables ni sistemas especialmente complejos. De hecho, si uno analiza las mecánicas de forma aislada, probablemente le parezcan demasiado sencillas.

Dystopicon no pretende que estés constantemente pensando cuál es la estrategia perfecta. Lo que quiere es que dejes de cuestionarte esa rutina. Que, poco a poco, empieces a asumir como normal que tu única aportación a la sociedad sea consumir aquello que el propio sistema ha decidido que debes consumir.

El juego no necesita largos diálogos ni personajes que te expliquen por qué ese mundo está roto. Lo hace a través de tus propias acciones. Eres tú quien acepta ese trabajo. Eres tú quien paga por comer, ducharse o descansar. Eres tú quien sigue encendiendo el televisor porque sabe que, si deja de hacerlo, dejará de ganar dinero. Y eres tú el que decide participar de las reglas de este mundo, ya sea para hacerlo el bien o simplemente para sobrevivir.

Sin darte cuenta, acabas formando parte del problema.

Y cuando un videojuego consigue transmitir una idea utilizando únicamente sus mecánicas, creo que merece bastante reconocimiento.

Una sátira que resulta incómodamente cercana

Es fácil pensar que Dystopicon exagera para hacer humor. Que esa sociedad donde todo gira alrededor del consumo continuo es una caricatura creada únicamente para arrancar una sonrisa.

Pero cuanto más juegas, menos exagerada parece.

No cuesta demasiado encontrar paralelismos con nuestra realidad. Vivimos rodeados de pantallas, de plataformas que compiten por captar nuestra atención y de algoritmos que deciden qué contenido vamos a consumir después. Evidentemente, aquí todo está llevado al extremo, pero precisamente por eso funciona tan bien como sátira. No hace falta ser un experto en política, economía o filosofía para entender el mensaje. Basta con jugar un rato.

Y eso me parece uno de los mayores aciertos del juego. Nunca intenta darte una lección. No señala con el dedo ni obliga al jugador a sacar una conclusión concreta. Simplemente plantea una situación y deja que seas tú quien empiece a hacerse preguntas.

Hay momentos en los que incluso te sorprendes haciendo cosas por pura inercia. Entras, enciendes la televisión, cobras, pagas tus gastos y vuelves a empezar. Solo cuando te detienes un segundo piensas: «¿Qué estoy haciendo realmente?». Ese pequeño instante de reflexión vale más que muchos discursos.

Porque la base es excelente. De hecho, probablemente sea una de las premisas más originales que he visto en un proyecto español reciente. Pero precisamente por eso uno termina la partida con esa sensación de «¿ya está?».

Y pocas veces esa pregunta nace porque uno se haya aburrido. Normalmente nace porque se lo estaba pasando bien.

Un proyecto pequeño que sabe exactamente lo que quiere contar

También creo que conviene valorar Dystopicon por lo que realmente pretende ser.

No intenta competir con grandes simuladores de gestión ni convertirse en una aventura narrativa de veinte horas. Es una experiencia breve, muy centrada en una idea concreta y construida alrededor de un único concepto.

Hoy en día parece que todo videojuego tiene que justificar su precio prometiendo decenas de horas de contenido, mundos inmensos o listas interminables de características. Dystopicon hace justo lo contrario.

Porque al final no recuerdas cuánto dinero acumulaste ni cuál era la estrategia más eficiente para sobrevivir. Lo que recuerdas es esa extraña sensación de haber aceptado como normal una situación completamente absurda.

Y eso dice mucho del trabajo realizado por Palitroque.

Conclusión

Dystopicon es de esos juegos cuya mayor virtud es hacerte pensar mientras juegas. Su propuesta es original, su crítica social funciona y consigue algo que no siempre resulta sencillo: que las propias mecánicas sean parte del mensaje y no solo un vehículo para llegar a él.

¿Me habría gustado que fuera más ambicioso? Sí.

O, mejor dicho, que hubiera aprovechado todavía más la enorme idea sobre la que está construido. Hay margen para ampliar ese universo, para introducir nuevas situaciones y para hacer que algunas decisiones tengan todavía más peso. Pero incluso con esa sensación de haberse quedado un poco corto, Dystopicon deja una impresión muy positiva. Porque demuestra que no hace falta un presupuesto enorme para construir una experiencia con personalidad. Solo hace falta una buena idea.

Y, afortunadamente, de eso va sobrado.

Autor

Mercenario de la Salud

Sanitario de amplio espectro con más cafés que turnos, diseñador de videojuegos en fase alfa (y en modo pausa), y papá reciente a tiempo completo.
Lo demás, sinceramente, puede esperar.

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