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Narita Boy: Cibernética y videojuegos

30 marzo, 2021 9 mins de lectura

Narita Boy: Cibernética y videojuegos

Rest in Power

A principios de los 50, el matemático Norbert Wiener planteó las bases de lo que hoy en día conocemos como cibernética.

Lo que pretendía plantear la cibernética era simple: En medio del caos al que se enfrenta la sociedad de manera constante, las matemáticas podían servir para entender y predecir ciertos fenómenos.

En un mundo polarizado como el que había en los 50, estando Occidente entrando en la Guerra Fría, los estadounidenses y los rusos hacían uso de la estadística para saber cuáles eran las posibilidades de un ataque nuclear sin siquiera llevar a cabo ningún tipo de acción bélica. El hecho de que ambas potencias tuvieran a su disposición armamento capaz de arrasar países enteros había hecho cambiar el paradigma de la guerra y la manera de atacarse mutuamente.

A lo largo de las décadas posteriores, fueron varios los pensadores que, mediante la base teórica planteada por Wiener, extrapolaron la idea de cibernética a todos los campos imaginables. Dichas ideas fueron usadas en diversas ramas, desde la económica hasta la antropológica. Se llegaron a formar nuevos campos de estudio, como el ecologismo, a raíz de las primeras notas sobre cibernética del científico estadounidense. Dicha idea era distinta a la primera, ya que pretendía avanzar en lo planteado previamente y comprimir todos los campos de conocimiento a uno solo, una cibernética global que fuera capaz de entender todos los problemas que había en el mundo, para estudiarlos y posteriormente resolverlos.

Esa mentalidad de cibernética de segunda orden fue la que adoptaron en los años 70 los hippies americanos. Éstos, además de tomar excesivas cantidades de drogas psicodélicas, también crearon comunidades en las que estudiaban distintas maneras de configurar la sociedad americana del momento, que pensaban era una organización ineficiente basada en el control de las masas a partir de la educación.

En una de aquellas comunidades apartadas de la sociedad se encontraba Steward Bran, un joven matemático que, con la idea de cibernética de Wiener, pretendía formar un nuevo mundo en el que la cooperación y el intercambio de información mutua fueran los valores sobre los que se configurara el nuevo sistema de orden mundial. Es así como se creó el Whole Earth Cataloge, una de las primeras revistas que trataban la cibernética. En ella se compartían datos de cualquier tipo de campo. Sin embargo, por lo que fue reconocida la revista fue por ser la primera en la que se esbozaron los primeros prototipos de lo que posteriormente serían los ordenadores personales.

Todas las ideas de cibernética global de Brand, a través de la Whole Earth Cataloge, serían la principal influencia para lo que más tarde se convertiría en Sillicon Valley, con esa mentalidad tan famosa ya de innovación constante. Y fue precisamente con dicha mentalidad con la que empezaron a surgir los primeros hackers.

La cultura hacker era en sus primeros compases simplemente un reciclaje de las ideas de cibernética de Norbert Wiener. Eran personas que querían compartir información con otras personas mediante sus dispositivos. Y esa idea es sobre la que Narita Boy gira en torno constantemente.

Narita Boy es la ópera prima de Studio Koba, un estudio barcelonés que lleva desde 2016 desarrollándolo.

Yo mismo recuerdo cuando vi el primer trailer del juego. Me pasé varias semanas volviéndolo a ver en bucle, simplemente fascinado por el nivel de detalle que había en el juego, tanto en lo que respecta escenarios como en las animaciones fluidas que tenía el personaje principal. Recuerdo también haber hecho a partir de ese momento una especie de media block out. No quería saber nada del juego porque me daba miedo estar demasiado emocionado con cómo podía salir. Habiéndose publicado por fin, 4 años más tarde, estoy contento de afirmar que Narita Boy ha superado con creces las expectativas que tenía puestas sobre él. Sin embargo, el hecho de no haberme informado ha sido sin duda uno de los factores claves a la hora de disfrutarlo, ya que los prejuicios que tenía sobre el juego se han derrumbado desde el minuto uno de la experiencia.

Esperaba en Narita Boy un simple metroidvania enmascarado en unas animaciones bonitas. Eso era más que suficiente para que el título fuera correcto para mí. Sin embargo, los chicos de Studio Koba no han querido quedarse ahí, y se han metido de lleno en la exploración de ciertos campos del videojuego muy interesantes, en los que se mueven con una soltura sorprendente para ser su primer desarrollo.

La configuración del mundo orbita constantemente alrededor de la idea del mundo digital que plantean los primeros hackers. Sin embargo, a pesar de homenajear conscientemente dicho mundo, éste no se encuentra empapado de los estereotipos a los que la industria cultural nos tiene acostumbrados. Más que unos freaks de las nuevas tecnologías, la cultura hacker es vista en Narita Boy como el amor puro por la información y esa mentalidad de cambiar el mundo podrido en el que nos ha tocado vivir. Esa pasión por la cibernética y el conocimiento que se quiere transmitir, va unido además a los preciosos fondos y a la increíble música del juego, que hacen que la inmersión sea completa cuando así lo pretenden los desarrolladores.

Digo que la inmersión es parcial porque Narita Boy se mueve entre la contemplación estática y el absoluto frenesí. Es un juego en el que deberemos acabar constantemente con oleadas de enemigos de todo tipo, que requieren más concentración que destreza.

Narita Boy ofrece recursos de todo tipo para enfrentarse a los enemigos. A medida que avanza la trama, se obsequia al jugador con distintas habilidades, que hacen de la experiencia algo más simple sin llegar a romper el título. De hecho, la curva de dificultad está muy bien llevada, no siendo un juego especialmente difícil, ya que ésto acabaría con el propósito general de la obra, que es simple y llanamente disfrutar jugando. Hacer Narita Boy más complicado podría destrozar la idea principal del título y quebrantaría la lógica del mismo, por lo que la curva está perfectamente equilibrada para que el jugador no sienta que el juego es un paseo, pero tampoco se frustre porque se le plantea un reto injusto.

Respecto a ésto último, cabe destacar también la gran baza que tiene Narita Boy a su disposición para hacer que entremos de lleno en la experiencia: las animaciones. El nivel de detalle que ha puesto la desarrolladora en simplemente el desplazamiento del personaje principal es enfermizo. Lo más bonito de Narita Boy es verlo en movimiento y deleitarse con contemplarlo tal y como es, un juego precioso de observar. A partir de ahí, y con el buen diseño de niveles que tiene el título, el resto viene solo. Narita Boy es uno de esos títulos disfrutones de una manera sencilla, sin entrar solo por los ojos, pero siendo ese uno de los aspectos que capta nuestra atención primeramente.

Recalco que no pretendo dar a entender que Narita Boy se conforma tan solo con ser un juego bonito. Creo que no me equivoco cuando digo que en Studio Koba son jugadores antes que desarrolladores. Es algo que se ve fácilmente cuando empiezas a jugar.

Narita Boy tiene la pretensión. Trabajar a muchos niveles y trastear con distintos géneros. Lo curioso es que dichos géneros no se sienten como piezas diferenciadas dentro de la obra, sino que trabajan acompasadamente para darnos una experiencia redonda y muy bien calibrada. Aún así, ésto no es algo novedoso de Narita Boy.

El juntar las plataformas con los juegos de oleadas o el arcade ya se había hecho antes. Pero antes no había visto una manera de trabajar tan precisa. Las sinergias que se forman entre los diferentes géneros, que flotan, ya digo, entre el beat ’em up y el plataformeo más puro, se desenvuelven aquí con una maña envidiable. El hecho de querer juntar todos éstos géneros que tanto le han dado al videojuego desde su nacimiento, junto a la ambientación que quiere acercarse a los principios teóricos de los primeros hackers, me hace pensar que studio Koba pretende (al igual que en su día esos mismos hackers) formar un único campo de estudio que surge a partir de todos los demás. Es como si desde la desarrolladora quisieran crear un juego perfecto que sea capaz de tocar todos los palos sin arrepentirse de nada, siendo conscientes de que no pueden flaquear en ninguno de ellos.

Narita Boy tiene también un espíritu muy recreativo. Volviendo a la inmersión, algo que me ha sacado de la experiencia son los tramos en los que, por ejemplo, debemos pulsar repetidamente un botón para llevar a cabo una acción. Dichos momentos no solo sirven para distensionar el ambiente, sino para ensalzar de pasada la figura del arcade que, de nuevo, está muy presente a lo largo de todo el título.

Puede que sea por el cariño que le tenía al título ya desde antes de jugarlo; quizás es que vengo de terminarlo y estas líneas todavía necesitan reposar; o tal vez es que simplemente no voy buscando fallos en un juego, pero lo cierto es que no he sido capaz de encontrar muchos. Narita Boy no es una obra perfecta, pero sus problemas son menores y no opacan en ningún caso la experiencia del juego. Principalmente, y en base a mi experiencia, destacaría que las pistas visuales son poco intuitivas.

Poco a poco he ido haciéndome a la idea de como funciona visualmente el juego, pero en general todo lo que conlleva verticalidad en los escenarios podría haberse llevado mejor. El hecho de tener una paleta de colores tan marcada, y que el escenario se envuelva tanto con el personaje principal hace que surjan momentos en los que mi cabeza era incapaz de ver paredes sobre las que se podían escalar. Estoy convencido que por culpa de ésto me he perdido algo de contenido extra interesante, pero no es nada crítico que ensucie el total del juego.

Por otro lado, el ritmo es muy bueno, pero se te hace volver sobre tus pasos más de la cuenta. En un principio pensaba que éste problema sería mucho peor, pero el nivel de oleadas que hay dentro de Narita Boy no llega a saturar en ningún momento. Quizás en algunos puntos de la segunda mitad de la trama hay ciertos lugares en los que debes dar demasiadas vueltas, pero ello no se hace algo cansino. En cualquier caso, todo ésto hubiera sido un problema si la curva de dificultad creciera de manera exponencial, para alargar artificialmente la experiencia, algo que no pasa en ningún caso y es de agradecer.

Digo que tener una curva de dificultad tan bien balanceada es de agradecer, porque hoy en día no es tan raro ver a ciertos títulos que, con tal de durar unas pocas horas más, son capaces de lanzar al jugador tareas tediosas, soporíferas e infinitas que no aportan absolutamente nada nuevo. Studio Koba se contrapone directamente a esa mentalidad, ofreciendo una experiencia mecánica que va en un crescendo constante, que hace que el endgame te deje con ganas de más, en vez de pensar que por fin has terminado el juego.

Lo que más me ha sorprendido de Narita Boy ha sido lo que menos pensaba que me iba a sorprender: la historia.

Como ya he dicho antes, pensé que Narita Boy sería un juego con un argumento simplón, que tocase tan solo los puntos narrativos necesarios para hacer avanzar la trama y se limitara a cumplir; todo ello sin ningún tipo de pretensión de tener una historia interesante, sino más bien excusas para jugar dentro del escenario que tan bien habían planteado. Para mi sorpresa, he encontrado en Narita Boy un relato muy interesante. Mediante una narrativa muy bien implementada, Studio Koba ha construido un mundo del que apetece conocer más. Los personajes no son creíbles porque no es necesario que lo sean, pero sí están caracterizados por tener un sentido del humor que en ocasiones puede pillar por sorpresa al espectador que simplemente piensa que está jugando a un juego para niños. Revisando mis notas, y en un delirio cercano a los de Jesús G. Maestro, diré solo que éste es uno de esos títulos que “solo pueden catarse en castellano”.

Sin querer destripar la trama, lo más interesante que hace Narita Boy es juntar dos mundos (el virtual y el real) con una habilidad narrativa envidiable. Todo ésto es muy personal, pero yo he sido capaz de empatizar con ambos mundos y creo que la exploración de los mismos es simplemente muy interesante de ver en funcionamiento, aunque no me extrañaría que hubiera otros a los que este tipo de experiencias no le entren con tan buenos ojos.

Conclusiones

Es de aplaudir todo lo que se atreve a hacer Narita Boy. Espero no equivocarme al apuntar que éste será un juego que de para hablar en los próximos tiempos. El desarrollo español avanza cada vez más y Narita Boy es uno de esos juegos que se nos vienen a la mente cuando pensamos en lo que somos capaces de hacer. Sin ser mejor ni peor que nadie, Studio Koba ha conseguido crear un título con una ambientación propia que bebe del mundo estadounidense de los 70 mejor que lo que harían los estadounidenses si quisieran hacer un título ambientado en los 70 hoy en día.

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Autor

A veces me da por escribir, otras no tanto