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SuperEpic: The Entertainment War. La llama, el mapache y la megacorporación

20 diciembre, 2019 8 mins de lectura

SuperEpic: The Entertainment War. La llama, el mapache y la megacorporación

Enciendo la consola, me siento en el sofá y me echo la mantita por encima. Agarro el mando y, nada más comenzar SuperEpic, tras la primera cinemática, un pensamiento comienza a rebotar dentro de mi cabeza: “oh no, este es uno de esos juegos”.

Lo confieso: no suelen gustarme las obras satíricas o que pretenden hacer crítica social. Esto, no me malentendáis, no es porque no congenie con aquello que reivindican. Muchas veces las ideas que defienden son importantes e incluso necesarias para no quedarnos estancados socialmente en el siglo XV. Lo que normalmente me hace arrugar el morro es el tipo de humor que emplean estas obras y el modo en que lo utilizan. Me explico. Cuando la ironía y la sátira se utilizan con estilo, soy el primero en levantarse y aplaudir. Por desgracia, el tono en el que se formulan las puyas muchas veces suele ser demasiado basto para mi gusto, como diciendo: “eh, atención, preparaos todos que aquí viene otro zasca, no os lo perdáis, tened el móvil listo para compartirlo en las historias de Instagram”. Siento que me toman por tonto, como si no fuese capaz de procesar nada y me tuviesen que explicar hasta el chiste más simple que me cuentan para que no me pierda. Esto, evidentemente, hace que la crítica no se integre bien en la historia. Cada pocos minutos aparece un intermedio que corta de raíz el flujo de la trama para recordarnos que sí, efectivamente, seguimos ante una obra satírica, muchas gracias. En definitiva, siento como si se esforzasen demasiado en demostrar constantemente que están en contra de aquello que critican. Sin embargo, y aunque esta opinión me la voy a llevar a la tumba, puede que me equivocase juzgando a SuperEpic tan precipitadamente.

SuperEpic: The Entertainment War es un metroidvania en 2D desarrollado por Undercoders, los responsables de SlabWell y el maravillosísimo Conga Master. En esta ocasión, el estudio barcelonés nos traslada al año 2084, a un futuro prácticamente post-apocalíptico donde únicamente existe una desarrolladora de videojuegos: RegnantCorp. En un afán por monetizar todo el entretenimiento electrónico, y bajo el lema de “trabajar, jugar y gastar”, todos los juegos han sido reemplazados por free to plays insulsos y repletos de microtransacciones agresivas. Sin embargo, no todo está perdido. Tantan, un mapache amante de los títulos retro, y Ola, su inseparable llama, deciden adentrarse en las instalaciones de RegnantCorp para terminar con su reinado de terror. Nuestro objetivo, por tanto, será guiarlos a través de la empresa y conseguir que los videojuegos vuelvan a ser lo que hace tiempo habían sido.

Los propietarios de RegnantCorp, la infame empresa son, literalmente, unos cerdos.

Comenzando, como siempre, por la jugabilidad, SuperEpic goza del diseño y las mecánicas de los metroidvania tradicionales. Exploraremos un gran mapa dividido por zonas que poco a poco iremos desbloqueando, lleno de plataformas por las que brincar y enemigos a los que dejarles la cara hecha un cuadro. Además, el juego cuenta con una buena ración de habilidades que iremos aprendiendo y que nos permitirán continuar nuestra exploración por caminos antes inaccesibles, cosa que, casi automáticamente, añade a la receta la mecánica del backtracking. Esparcidos por el mapa, también iremos encontrando checkpoints, tiendas, o algunas misiones secundarias. Lo cierto es que no se añaden muchas novedades respecto a los clásicos del género, pero la fórmula metroidvania está tan bien ejecutada que tampoco se echan en falta.

Además, en la pantalla se mostrarán en todo momento tres barras que nos informarán del estado de nuestros protagonistas. La primera y más evidente es, evidentemente, la barra de salud. Bajo esta, encontramos una barra lila que nos informa de cuántas veces más podemos utilizar las habilidades que vamos desbloqueando durante la aventura (dash, rebote en las paredes, planeado, etc.). Se rellena sola y a un ritmo bastante rápido, así que en ningún caso supone un dolor de cabeza. Finalmente, entre estas dos, se encuentra una tercera barra donde podemos ver la rabia de Tantan. Esta nos servirá para efectuar ataques especiales y se rellena a medida que atizamos. Aunque hay una gran variedad de estos ataques y la mayoría molan mucho, en ningún momento me han parecido necesarios y, bajo mi punto de vista, se quedan un poco desaprovechados.

SuperEpic: The Entertainment War es un título que entiende cuáles son las dos cosas más importantes en el diseño de un videojuego: que los enemigos exploten al morir, y que esa explosión esté bien animada. Se magnific.

En cuanto al control, el manejo de los protagonistas es sencillo y no da problemas, aunque en ocasiones hay algún movimiento que se resiste un poco. Rebotar en las paredes, por ejemplo, exige un timing algo más preciso que el resto de acciones, pero es cuestión de probar unas cuantas veces hasta pillarle el truco. Respecto al combate, Tantan dispone de tres golpes con los que repartir leña a los trabajadores de esta megacorporación: el ataque normal, que golpea hacia delante; una acometida hacia arriba, con la que puede elevar a los enemigos; y un golpe hacia abajo, perfecto para hacer que los enemigos voladores muerdan el polvo. Estos movimientos (cuadrado, triángulo y círculo respectivamente si jugáis en PlayStation 4) permiten encadenar golpes fácilmente, de forma que a la que juguemos un poco y calentemos los dedos, se hace muy fácil de controlar e increíblemente satisfactorio. Sin embargo, sobre todo en las últimas áreas, el número de enemigos que aparecen en cada pantalla y la complejidad de sus patrones de ataque aumenta en desmesura. Esto, sin llegar a convertir al juego en un reto titánico, puede llegar a confundirnos un poco, sobre todo porque los enfrentamientos se vuelven más caóticos y es más difícil mantener la situación bajo control.

Por otro lado, los enemigos que encontramos durante la aventura son muy variados, con diferentes patrones de combate y que requieren diferentes estrategias para ser vencidos (para algunos con aporrearles el botón de ataque en la cara es suficiente, pero otros exigirán algo más de nosotros). Pero en cuanto a los jefes, la cosa es más irregular. Algunos suponen enfrentamientos originales y bien pensados, pero otros pueden hacerse demasiado simples. En cuanto al mapa, que está formado por los diferentes departamentos de las instalaciones de RegnanCorp, es un auténtico laberinto, enorme y muy divertido de explorar. Cada zona está perfectamente diferenciada de las demás por la música, el estilo visual, y los enemigos, y todas ellas están conectadas entre sí por un buen diseño global. Realmente es sorprendente cuando, tras unas cuantas horas de juego, miras el mapa en el menú de pausa y te das cuenta de lo grande que es.

Imagen del combate contra el primer jefe del juego. Ahora que me fijo, no sabría decir si lo que sale por la nariz del robot son dos lásers o chorros de sangre a lo anime.

El estilo audiovisual del juego es en general amable y buen-rollista. Por la parte visual, tenemos un pixel art muy colorido y simpático, con algunos de los diseños de enemigos más divertidos que he visto desde hace tiempo. Encontraremos secretarias que nos arrojan grapadoras, recepcionistas que usan el cable del teléfono al estilo ninja, tiburones con maletín, y muchísimos otros empleados que trabajan en las instalaciones de RegnantCorp. Además, la música es increíblemente buena. De verdad, todo temazos. No hay ninguna canción que no se me haya quedado un rato en el cerebro tras apagar el juego. Un chachipunto muy chachi por eso.

Finalmente, en cuanto a la trama, debo decir que es bastante sencilla, casi anecdótica, y en ningún momento entra en conflicto con la jugabilidad o la sátira, que son los dos pilares principales del juego. Y, hablando de la sátira, supongo que si habéis llegado hasta aquí ya os haréis una idea de por dónde van los tiros. La situación que plantea SuperEpic es una clara referencia al estado actual de la industria de los videojuegos. Evidentemente, critica las prácticas de algunas compañías que parecen empeñadas en succionar hasta el último céntimo de nuestras carteras. Y esto, como habréis podido adivinar, lo hace a través del humor. Pero, para mi sorpresa, la verdad es que la mayoría de bromas y puyas que lanza están escritas con bastante buen gusto. Desde luego hay algunas que me han hecho reír más que otras, y también es cierto que tras unas cuantas horas, se pueden hacer un poco repetitivas pero, a pesar de todo, el cómputo general me ha parecido bastante positivo. Tratar el tema objetivo con tanto humor hace que sea más fácil y agradable de seguir, y el hecho de que su guion esté tan bien escrito facilita las cosas todavía más. Sin embargo, parte del mensaje crítico puede perderse en ese tratamiento tan humorístico, quedando disuelto entre tantas bromas que, por un lado, hacen más sencillo hablar del tema, pero por otro le quitan algo de hierro al asunto. Por suerte, Undercoders guardaba un as bajo la manga, una guinda que convierte una tarta normalita en un pastel de categoría.

Además de lo bien que encajan narrativamente, los códigos QR tienen un funcionamiento técnico espléndido. En ningún momento dan problemas para ser leídos, y la aplicación carga muy rápido.

¡Atención, queridos lectores! A continuación expongo uno de los puntos del juego que más fácilmente podrían ser tildados como spoiler. No creo que saberlo vaya a estropearle la experiencia a nadie, pero si queréis saborear plenamente la guinda que antes mencionaba, os recomiendo saltaros el siguiente párrafo (y volver una vez hayáis terminado el juego para acabar de leerlo).

Mientras nos adentramos en las profundidades de la malvada desarrolladora, de vez en cuando encontraremos que un láser nos corta el paso a un cofre. Junto a este rayo, además, veremos un dispositivo para introducir una clave de acceso y un código QR. Aquí es donde el juego llega a su cenit y nos lanza a la cara su ataque más efectivo, su crítica más rotunda. Si queremos desactivar el láser y conseguir el botín que hay tras él, deberemos escanear el código con nuestro teléfono y jugar en él a una de las apps de RegnantCorp. Todas las aplicaciones que probaremos son plagios descarados de otros juegos de móvil que en su momento causaron sensación (Flappy Bird, Candy Crush o Crossy Road, entre otros) y nos bombardearán la pantalla con logros, recompensas, y mensajes en letras brillantes. No recibiremos la clave hasta que obtengamos una determinada puntuación, lo que significa que, si queremos conseguir esa recompensa, si queremos saciar nuestra codicia, deberemos jugar a los mismos juegos contra los que estamos luchando. A través de esta magnífica y absoluta destrucción de la cuarta pared, Undercoders nos envía un mensaje potentísimo: ¿Quieres la golosina? Entonces tendrás que pasar por el aro.  Y ¿sabéis qué es lo peor de todo? Que, sin ni siquiera darme cuenta, yo pasé encantado. Cuando abrí el tercer o cuarto cofre que se obtiene de este modo y vi que las recompensas que había obtenido no eran premios especialmente jugosos (nunca lo son), fue cuando algo dentro de mí algo hizo click. Comencé a jugar bajo la premisa de terminar con los videojuegos que parasitan a la gente, pero no han pasado ni cinco horas y ya he caído cuatro veces en esa misma trampa. Nadie es inmune. Todos, por muy hardcore gamers que nos creamos, respondemos de la misma forma a los mismos estímulos.

Muchas veces parece que los títulos que pretenden ser graciosos enfocan todos sus esfuerzos en eso, de forma que el resto de aspectos del videojuego se ven resentidos. Lo realmente importante de SuperEpic: The Entertainment War, sin embargo, es que, si dejamos de lado su humor, el juego sigue siendo una aventura muy buena en lo jugable y con detalles que, aunque de forma menos evidente, siguen transmitiendo su mensaje. De este modo, su planteamiento humorístico no es el único pilar que soporta toda la estructura, sino más bien un muro de carga que ayuda a hacerla más sólida y resistente durante sus (más o menos) 8 horas de duración. Su jugabilidad agradecida y poco compleja lo hacen el videojuego perfecto para aquellos que busquen una puerta de entrada a los metroidvanias, aunque también gustará a los fans del género interesados en una aventura con humor y muchas referencias al videojuego español. Al final, creo que es importante intentar llevarse algo de cada título que se juega, y yo, de SuperEpic, me llevo dos cosas. Lo primero, una reflexión muy interesante sobre el estado de nuestra querida industria, y lo segundo, una lección bien aprendida: no tachar de mediocre un videojuego que en su propio título te dice que va a ser súper épico.

Trailer de SuerEpic: The Entertainment War

Para esta review se ha completado la versión de PlayStation 4.

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Redactor | Web

Ambientólogo y camarero. Amante de lo japonés, los dinosaurios y la sanfaina con atún. Escribo y juego tumbado, normalmente desde Barcelona.